Con el tiempo he acabado desarrollando una cierta prevención a los veranos. He comprobado que es una época especialmente dada a las catástrofes, dramas y malas noticias.
Accidentes nucleares, descarrilamientos de trenes, tragedias en el metro o terroríficos incendios parecen confabularse para acontecer durante el periodo estival. A ello se suma, en ocasiones, la pérdida irreparable de algún amigo, familiar o ser especialmente querido.
Esto último es lo que me acaba de suceder al recibir la noticia del reciente fallecimiento de Manuel Aracil, maestro durante muchos años en L’Alfàs del Pi y, en su última etapa, en Callosa de Ensarrià.
La noticia resulta especialmente dolorosa porque don Manuel era el último maestro que nos quedaba de aquel reducidísimo grupo de grandes docentes que, en nuestro municipio, -poco más que una aldea en los años setenta- se encargara de implantar la famosa EGB: una auténtica revolución educativa en materiales didácticos, contenidos y metodología de trabajo.
Era una persona entrañable, volcada con el alumnado a su cargo dentro y fuera del aula. De paciencia infinita, era conocida su constante muletilla: «No hay apelación», cada vez que nos reñía, las más de las veces con una sonrisa. A nosotros, que apenas podíamos adivinar su significado, nos hacía mucha gracia imitarlo; pero también le devolvíamos el cariño que solo los niños saben dar a quienes sienten que se lo profesan de verdad.
Trabajador incansable y organizador nato, no tardó en poner en marcha los primeros grupos de actividades extraescolares: acampadas, ping-pong o ajedrez. Probablemente las considerara una necesidad imperiosa al tratar con una chiquillada cuyo pasatiempo favorito consistía en perseguirse a pedradas, al salir del colegio, por los distintos barrancos del municipio. Eran otros tiempos.
Pero su gran pasión era el deporte. No paró hasta conseguir la construcción de las pistas polivalentes en el patio escolar, a cargo de un ayuntamiento de escasísimos recursos y en ausencia, es de suponer, de cualquier cosa que se asemejara a una concejalía de deportes, y mucho menos de instituciones supramunicipales dispuestas a echar una mano. Su entusiasmo era contagioso y movía montañas.
Pronto llegaron los Juegos Escolares, competiciones deportivas intermunicipales en las que, además de organizador, ejercía de entrenador y taxista. Y después, por supuesto, el baloncesto, su debilidad: fue promotor de los primeros equipos en los que generaciones de niños y niñas competirían a lo largo y ancho de la geografía valenciana.
Aquel deporte ha pasado a formar parte del ADN de L’Alfàs, que cuenta hoy con veinte equipos compitiendo en diferentes categorías y una amplísima cosecha de premios a sus espaldas, entre ellos el Campeonato de la Comunitat Valenciana de la Copa Federación logrado este mismo año.
A un año de celebrarse el 50 aniversario de la fundación del Club de Baloncesto de L’Alfàs, es de justicia reconocer que la semilla que plantó aquel maestro de Rojales germinaría años después en los cimientos sobre los que hoy se levanta el magnífico pabellón Pau Gasol, del que tan orgullosos estamos todos en el municipio.
Humilde y generoso, nunca pidió nada a cambio de sus desvelos y sacrificios personales. Huía de los reconocimientos públicos —que los tuvo en L’Alfàs— como gato escaldado. Era bueno en el más estricto sentido machadiano de la palabra.
Por eso me emocionaron las sentidas palabras de una de sus hijas en el funeral. Me permitieron comprobar que continuó haciendo el bien allí por donde pasó hasta el final de sus días y no pude evitar recordar una fría noche de invierno en la que, mientras hacía mis deberes con doce o trece años, me llamara mi madre y al abrir la puerta y bajar, vi sorprendido a don Manuel sentado frente a la lumbre junto a mi abuela. Había venido a animar a mis padres para que me permitieran proseguir los estudios. No todo el mundo estaba en condiciones de hacerlo en aquellos tiempos.
Tuve ocasión de agradecérselo en reiteradas ocasiones, y él siempre le quitaba importancia y cambiaba rápidamente de tema.
Así pues, salvando todas las distancias, me ha venido a la cabeza la sentida carta que Albert Camus dirigiera a su antiguo maestro, Louis Germain, después de recibir el Premio Nobel y al igual que él , quiero agradecerle en estas líneas esa «mano afectuosa que tendió a un niño pobre», resaltar la importancia que su figura ha tenido para mí y asegurar que, como escribiera el Nobel francés, su trabajo y su corazón generoso continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Con toda la admiración y el cariño del mundo.


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