“VIENEN LOS HUNOS”
(Diari Información de Alicante, 28 d abril 2026)
Chesterton dijo en alguna ocasión que para destruir una civilización había que ser, al menos en parte, civilizado. Bastante lógico: resulta complicado cargársela a garrotazos —“no hay hunos sin caballos”, aclaraba—.
Como nos dejó en 1937, cabe suponer que ya estaba al tanto de la capacidad de los ingenios industriales para triturar carne humana en la Primera Guerra Mundial (unos 20 millones de víctimas, arriba o abajo). El destino le ahorró contemplar las atrocidades de nuestra Guerra Civil y el entusiasmo con que la aviación fascista se empleó contra ciudades enteras: un siniestro ensayo general de la Segunda Guerra Mundial, que ya asomaba por la esquina. El colofón lo conocemos todos: Hiroshima y Nagasaki como primera manifestación tangible de un apocalipsis que, hasta entonces, solo era literario.
Si Occidente ha disfrutado desde entonces de un relativo buen pasar tras semejantes hecatombes, se debe en buena medida a la arquitectura defensiva que se dio tras la Segunda Guerra Mundial, esa por la que Churchill no dejaba de clamar —“a European army under a unified command”— y que cristalizó, más o menos, en la OTAN. Su primer secretario general, Ismay Hastings, resumió su función con una elegancia difícil de mejorar: “mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo”.
Pues bien, 77 años después, los rusos tienen un pie dentro, los estadounidenses otro fuera y Alemania incrementa su gasto militar mientras se resiste a que el resto de europeos haga lo propio mediante mecanismos comunes. Coherente con su trayectoria: cada vez que ha tocado tomar una decisión decisiva para el futuro del continente, ha optado con notable disciplina por la equivocada. No es extraño que Polonia no las tenga todas consigo, vista su historia… y las encuestas de Alternativa por Alemania.
Puede que el mundo no esté al borde de una Tercera Guerra Mundial, como sostiene Andrea Rizzi, pero motivos para la inquietud no faltan. Ahí tenemos la liquidación en directo —y a golpe de tuit— de la democracia más antigua del mundo, junto con la irrupción de un capitalismo de nuevo cuño que nadie sabe muy bien cómo embridar y que considera las libertades democráticas poco más que una molestia. Por eso ha puesto la proa a Europa, donde todavía sobreviven dejándoles en evidencia. Tontos no son.
En uno de sus últimos artículos en El País, Habermas —europeísta militante— confesaba su abatimiento ante el panorama que contemplaba al final de su vida: “Todo aquello a lo que he dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso. Una mayor integración europea nunca ha sido tan vital… ni tan improbable”.
Porque lo cierto es que no hay nada como un momento de máxima tensión para comprobar la resistencia de las costuras, ya sean las de una chaqueta o las de los principios de una persona o una institución. Ahí está Anatomía de un instante, de Javier Cercas, con las distintas reacciones de los diputados ante el 23-F: un práctico test de estrés democrático.
Los conflictos actuales —Ucrania, el genocidio del pueblo palestino, su extensión al Líbano al calor de la confrontación con Irán (sin olvidar Venezuela o el episodio de Groenlandia)— han sometido a una prueba similar a países, instituciones y líderes europeos. Y el resultado no ha sido especialmente brillante. Con la excepción de Pedro Sánchez , pocos han estado a la altura, aunque después corrigieran el tiro, arrastrando los pies y empujados por sus respectivas opiniones públicas y publicadas.
En Sobre la tiranía, Timothy Snyder recuerda que ceder ante un matón siempre sale caro: uno renuncia a sus principios y deja que el otro defina lo aceptable. Y ya tenemos una idea bastante aproximada de lo que resulta aceptable para alguien como Trump.
Tenemos el diagnóstico. Incluso contamos con ejemplos recientes —como Hungría— que permiten asomarse a ese futuro distópico que algunos parecen empeñados en normalizar. Y hasta conocemos la receta: coger el toro por los cuernos, atajar los problemas que alimentan a los ultras y, sobre todo, generar expectativas e ilusión.
Lo que no tenemos es tiempo. Urge, más que nunca, un liderazgo claro de los demócratas europeos que devuelva cierta esperanza a unos ciudadanos cansados de pagar todas las crisis. Y, de paso, frene a la extrema derecha —no pactando con ella, como en España—. Porque con un Feijóo al que, con la que está cayendo, solo se le ocurre hablar del colchón de Pedro Sánchez, o una Ayuso premiando con entusiasmo a quien le faltó tiempo para regalarle el Premio Nobel de la Paz a un Nerón 2.0 que está incendiando medio mundo, hay poco o nada que hacer. ¡ Es todo tan, tan cutre!
No hay comentarios:
Publicar un comentario