
Como diría aquella benidormense de pro, una fatídica conjunción astral ha hecho coincidir recientemente dos acontecimientos que empañan, en mayor o menor medida, la imagen de nuestro queridísimo Benidorm. Dos episodios distintos pero no distantes y reveladores en todo caso de una misma forma de proceder.
El primero es el fallo del Tribunal Constitucional que dinamita el penúltimo intento del gobierno municipal y de su alcalde, Toni Pérez, de consumar lo que, sin demasiados rodeos, puede calificarse como un sinpa institucional. Hace décadas el Ayuntamiento se comprometió a compensar a la familia Puchades por unos terrenos en la Serra Gelada; desde entonces, lo único que han recibido han sido excusas propias de un mal pagador .
El segundo episodio es un nuevo “caso Julio Iglesias”. Ya tuvimos uno anterior, con Eduardo Zaplana al frente de la Generalitat, que acabó en nada al agotarse los plazos de instrucción. Este último, aunque archivado por la Fiscalía, por la gravedad de las acusaciones, la abundancia de detalles y lo escabroso del relato, amenaza con haber dado la puntilla a la imagen del latin lover cuidadosamente cultivada desde aquel ya lejano Festival de la Canción de Benidorm de 1978, que ganara con su inolvidable “La vida sigue igual”.
Solemos mirar con envidia a los países que disfrutan de prosperidad gracias a recursos naturales como el petróleo, sin reparar en que en España —y muy especialmente en Benidorm— hemos contado con una bendición comparable: el turismo de sol y playa. Ha sido este sector el que nos sacó de la miseria material y espiritual y el que, hasta hoy, nos ha dado de comer. Porque conviene no engañarse: si hoy tuviéramos que vivir exclusivamente de la agricultura o la pesca, estaríamos apañados.
Benidorm marcó el camino desde el principio. Con un microclima privilegiado y una ubicación casi providencial, bien podrían aplicársele las palabras del evangelio de San Juan: “Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada”. Y, sin embargo, nunca ha dejado de ser una gran incomprendida. Mirada durante décadas por encima del hombro por aquellos a los que minutos antes había contribuido a enriquecer.
El tiempo, no obstante, acaba poniendo a cada cual en su sitio. Hoy resulta que aquel urbanismo tan denostado no solo no era un disparate, sino que empieza a verse como más sostenible, incluso cool y su skyline se ha convertido en objeto de admiración artística y deja ojipláticos a propios y extraños.
Por eso resulta especialmente meritorio el logro del actual alcalde: haber conseguido arruinar una mina de oro en plena producción y con un futuro prometedor como la reciente edición de FITUR ha puesto en evidencia. Su reiterada apelación a la prudencia suena a sarcasmo tras más de veinte años de marear la perdiz, mientras la deuda crece a razón de unos cincuenta mil euros diarios que recaen sobre todos los benidormenses.
No se trata, además, de un problema local. La magnitud del desaguisado trasciende los límites de la capital turística. La experiencia nos enseña que cuando Benidorm se resfría, el resto estornuda. Y con una deuda de estas dimensiones no hay espacio para el optimismo: tras encontrar una financiación viable, habrá que afrontar los pagos con sus intereses. En la administración pública solo hay dos maneras de hacerlo: recortando servicios o subiendo impuestos. Susto o muerte.
En mayo de 2025 se celebró el aniversario de la Carta de Poblament, aquel documento fundacional que fijó derechos y obligaciones de los primeros pobladores. El almirante Bernat de Sarrià a quien el cronista Rafael Muntaner calificara como “lo pus llarg de cor cavaller ”, fue generosísimo en los primeros y cicatero en las segundas. Difícilmente habría podido imaginar que, setecientos años después, los verdaderos enemigos de Benidorm no llegarían de allende los mares , sino que estarían empadronados en la ciudad y, peor aún, al mando del timón.
Pocas veces como ahora se hace tan evidente la importancia del concurso de la ciudadanía no tanto para acudir como rezaba en la Carta de Poblament con “exercitum et cavalcatam” sino para hablar cuando sea convocada en democracia, que algo bueno habrá de tener el transcurso de los siglos.
Quizá, con un poco de suerte y sentido común , aún estemos a tiempo de evitar que Benidorm acabe despeñándose del todo por los magníficos acantilados de nuestra inigualable Serra Gelada.






