jueves, 16 de julio de 2026

"AL MAESTRO QUE MOVIA MONTAÑAS"




 


                                               

                                                   (Diario Información de Alicante,  16/07/2026)

    Con el tiempo he acabado desarrollando una cierta prevención a los veranos. He comprobado que es una época especialmente dada a las catástrofes, dramas y malas noticias.

    Accidentes nucleares, descarrilamientos de trenes, tragedias en el metro o terroríficos incendios parecen confabularse para acontecer durante el periodo estival. A ello se suma, en ocasiones, la pérdida irreparable de algún amigo, familiar o ser especialmente querido.

    Esto último es lo que me acaba de suceder al recibir la noticia del reciente fallecimiento de Manuel Aracil, maestro durante muchos años en L’Alfàs del Pi y, en su última etapa, en Callosa de Ensarrià.

    La noticia resulta especialmente dolorosa porque don Manuel era el último maestro que nos quedaba de aquel reducidísimo grupo de grandes docentes que, en nuestro municipio, -poco más que una aldea en los años setenta- se encargara de implantar la famosa EGB: una auténtica revolución educativa en materiales didácticos, contenidos y metodología de trabajo.

    Era una persona entrañable, volcada con el alumnado a su cargo dentro y fuera del aula. De paciencia infinita, era conocida su constante muletilla: «No hay apelación», cada vez que nos reñía, las más de las veces con una sonrisa. A nosotros, que apenas podíamos adivinar su significado, nos hacía mucha gracia imitarlo; pero también le devolvíamos el cariño que solo los niños saben dar a quienes sienten que se lo profesan de verdad.

    Trabajador incansable y organizador nato, no tardó en poner en marcha los primeros grupos de actividades extraescolares: acampadas, ping-pong o ajedrez. Probablemente las considerara una necesidad imperiosa al tratar con una chiquillada cuyo pasatiempo favorito consistía en perseguirse a pedradas, al salir del colegio, por los distintos barrancos del municipio. Eran otros tiempos.

    Pero su gran pasión era el deporte. No paró hasta conseguir la construcción de las pistas polivalentes en el patio escolar, a cargo de un ayuntamiento de escasísimos recursos y en ausencia, es de suponer, de cualquier cosa que se asemejara a una concejalía de deportes, y mucho menos de instituciones supramunicipales dispuestas a echar una mano. Su entusiasmo era contagioso y movía montañas.

    Pronto llegaron los Juegos Escolares, competiciones deportivas intermunicipales en las que, además de organizador, ejercía de entrenador y taxista. Y después, por supuesto, el baloncesto, su debilidad: fue promotor de los primeros equipos en los que generaciones de niños y niñas competirían a lo largo y ancho de la geografía valenciana.

    Aquel deporte ha pasado a formar parte del ADN de L’Alfàs, que cuenta hoy con veinte equipos compitiendo en diferentes categorías y una amplísima cosecha de premios a sus espaldas, entre ellos el Campeonato de la Comunitat Valenciana de la Copa Federación logrado este mismo año.

    A un año de celebrarse el 50 aniversario de la fundación del Club de Baloncesto de L’Alfàs, es de justicia reconocer que la semilla que plantó aquel maestro de Rojales germinaría años después en los cimientos sobre los que hoy se levanta el magnífico pabellón Pau Gasol, del que tan orgullosos estamos todos en el municipio.

    Humilde y generoso, nunca pidió nada a cambio de sus desvelos y sacrificios personales. Huía de los reconocimientos públicos —que los tuvo en L’Alfàs— como gato escaldado. Era bueno en el más estricto sentido machadiano de la palabra.

    Por eso me emocionaron las sentidas palabras de una de sus hijas en el funeral. Me permitieron comprobar que continuó haciendo el bien allí por donde pasó hasta el final de sus días y no pude evitar recordar una fría noche de invierno en la que, mientras hacía mis deberes con doce o trece años, me llamara mi madre y al abrir la puerta y bajar, vi sorprendido a don Manuel sentado frente a la lumbre junto a mi abuela. Había venido a animar a mis padres para que me permitieran proseguir los estudios. No todo el mundo estaba en condiciones de hacerlo en aquellos tiempos.

    Tuve ocasión de agradecérselo en reiteradas ocasiones, y él siempre le quitaba importancia y cambiaba rápidamente de tema.

    Así pues, salvando todas las distancias, me ha venido a la cabeza la sentida carta que Albert Camus dirigiera a su antiguo maestro, Louis Germain, después de recibir el Premio Nobel y al igual que él , quiero agradecerle en estas líneas esa «mano afectuosa que tendió a un niño pobre», resaltar la importancia que su figura ha tenido para mí y asegurar que, como escribiera el Nobel francés, su trabajo y su corazón generoso continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

    Con toda la admiración y el cariño del mundo.

miércoles, 29 de abril de 2026

VIENEN LOS HUNOS"


“VIENEN LOS HUNOS” 

(Diari Información de Alicante, 28 d abril 2026)


            Chesterton dijo en alguna ocasión que para destruir una civilización había que ser, al menos en parte, civilizado. Bastante lógico: resulta complicado cargársela a garrotazos —“no hay hunos sin caballos”, aclaraba—.

            Como nos dejó en 1937, cabe suponer que ya estaba al tanto de la capacidad de los ingenios industriales para triturar carne humana en la Primera Guerra Mundial (unos 20 millones de víctimas, arriba o abajo). El destino le ahorró contemplar las atrocidades de nuestra Guerra Civil y el entusiasmo con que la aviación fascista se empleó contra ciudades enteras: un siniestro ensayo general de la Segunda Guerra Mundial, que ya asomaba por la esquina. El colofón lo conocemos todos: Hiroshima y Nagasaki como primera manifestación tangible de un apocalipsis que, hasta entonces, solo era literario.

            Si Occidente ha disfrutado desde entonces de un relativo buen pasar tras semejantes hecatombes, se debe en buena medida a la arquitectura defensiva que se dio tras la Segunda Guerra Mundial, esa por la que Churchill no dejaba de clamar —“a European army under a unified command”— y que cristalizó, más o menos, en la OTAN. Su primer secretario general, Ismay Hastings, resumió su función con una elegancia difícil de mejorar: “mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo”.

            Pues bien, 77 años después, los rusos tienen un pie dentro, los estadounidenses otro fuera y Alemania incrementa su gasto militar mientras se resiste a que el resto de europeos haga lo propio mediante mecanismos comunes. Coherente con su trayectoria: cada vez que ha tocado tomar una decisión decisiva para el futuro del continente, ha optado con notable disciplina por la equivocada. No es extraño que Polonia no las tenga todas consigo, vista su historia… y las encuestas de Alternativa por Alemania.

            Puede que el mundo no esté al borde de una Tercera Guerra Mundial, como sostiene Andrea Rizzi, pero motivos para la inquietud no faltan. Ahí tenemos la liquidación en directo —y a golpe de tuit— de la democracia más antigua del mundo, junto con la irrupción de un capitalismo de nuevo cuño que nadie sabe muy bien cómo embridar y que considera las libertades democráticas poco más que una molestia. Por eso ha  puesto la proa  a Europa, donde todavía sobreviven dejándoles en evidencia. Tontos no son.

            En uno de sus últimos artículos en El País, Habermas —europeísta militante— confesaba su abatimiento ante el panorama que contemplaba al final de su vida: “Todo aquello a lo que he dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso. Una mayor integración europea nunca ha sido tan vital… ni tan improbable”.

            Porque lo cierto es que no hay nada como un momento de máxima tensión para comprobar la resistencia de las costuras, ya sean las de una chaqueta o las de los principios de una persona o una institución. Ahí está Anatomía de un instante, de Javier Cercas, con las distintas reacciones de los diputados ante el 23-F: un práctico test de estrés democrático.

            Los conflictos actuales —Ucrania, el genocidio del pueblo palestino, su extensión al Líbano al calor de la confrontación con Irán (sin olvidar Venezuela o el episodio de Groenlandia)— han sometido a una prueba similar a países, instituciones y líderes europeos. Y el resultado no ha sido especialmente brillante. Con la excepción de Pedro Sánchez , pocos han estado a la altura, aunque después corrigieran el tiro, arrastrando los pies y empujados por sus respectivas opiniones públicas y publicadas.

            En Sobre la tiraníaTimothy Snyder recuerda que ceder ante un matón siempre sale caro: uno renuncia a sus principios y deja que el otro defina lo aceptable. Y ya tenemos una idea bastante aproximada de lo que resulta aceptable para alguien como Trump.

            Tenemos el diagnóstico. Incluso contamos con ejemplos recientes —como Hungría— que permiten asomarse a ese futuro distópico que algunos parecen empeñados en normalizar. Y hasta conocemos la receta: coger el toro por los cuernos, atajar los problemas que alimentan a los ultras y, sobre todo, generar expectativas e ilusión.

            Lo que no tenemos es tiempo. Urge, más que nunca, un liderazgo claro de los demócratas europeos que devuelva cierta esperanza a unos ciudadanos cansados de pagar todas las crisis. Y, de paso, frene a la extrema derecha —no pactando con ella, como en España—. Porque con un Feijóo al que, con la que está cayendo, solo se le ocurre hablar del colchón de Pedro Sánchez, o una Ayuso premiando con entusiasmo a quien le faltó tiempo para regalarle el Premio Nobel de la Paz a un Nerón  2.0  que  está incendiando medio  mundo, hay poco o nada que hacer. ¡ Es todo tan, tan cutre!

viernes, 6 de febrero de 2026

"LA VIDA NO PUEDE SEGUIR IGUAL" ( Articulo publicado en el DIARIO INFORMACION DE ALICANTE el 31/01/2026)

 

  Benidorm destinará a gasto social y a dinamizar la economía gran parte ...

 

    Como diría aquella benidormense de pro, una fatídica conjunción astral ha hecho coincidir recientemente dos acontecimientos que empañan, en mayor o menor medida, la imagen de nuestro queridísimo Benidorm. Dos episodios distintos pero no distantes y reveladores en todo caso de una misma forma de proceder.

    El primero es el fallo del Tribunal Constitucional que dinamita el penúltimo intento del gobierno municipal y de su alcalde, Toni Pérez, de consumar lo que, sin demasiados rodeos, puede calificarse como un sinpa institucional. Hace décadas el Ayuntamiento se comprometió a compensar a la familia Puchades por unos terrenos en la Serra Gelada; desde entonces, lo único que han recibido han sido excusas propias de un mal pagador .

    El segundo episodio es un nuevo “caso Julio Iglesias”. Ya tuvimos uno anterior, con Eduardo Zaplana al frente de la Generalitat, que acabó en nada al agotarse los plazos de instrucción. Este último, aunque archivado por la Fiscalía, por la gravedad de las acusaciones, la abundancia de detalles y lo escabroso del relato, amenaza con haber dado la puntilla a la imagen del latin lover cuidadosamente cultivada desde aquel ya lejano Festival de la Canción de Benidorm de 1978, que ganara con su inolvidable “La vida sigue igual”.

    Solemos mirar con envidia a los países que disfrutan de prosperidad gracias a recursos naturales como el petróleo, sin reparar en que en España —y muy especialmente en Benidorm— hemos contado con una bendición comparable: el turismo de sol y playa. Ha sido este sector el que nos sacó de la miseria material y espiritual y el que, hasta hoy, nos ha dado de comer. Porque conviene no engañarse: si hoy tuviéramos que vivir exclusivamente de la agricultura o la pesca, estaríamos apañados.

    Benidorm marcó el camino desde el principio. Con un microclima privilegiado y una ubicación casi providencial, bien podrían aplicársele las palabras del evangelio de San Juan: “Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada”. Y, sin embargo, nunca ha dejado de ser una gran incomprendida. Mirada durante décadas por encima del hombro por aquellos a los que minutos antes había contribuido a enriquecer.

    El tiempo, no obstante, acaba poniendo a cada cual en su sitio. Hoy resulta que aquel urbanismo tan denostado no solo no era un disparate, sino que empieza a verse como más sostenible, incluso cool y su skyline se ha convertido en objeto de admiración artística y deja ojipláticos a propios y extraños.

    Por eso resulta especialmente meritorio el logro del actual alcalde: haber conseguido arruinar una mina de oro en plena producción y con un futuro prometedor como la reciente edición de FITUR ha puesto en evidencia. Su reiterada apelación a la prudencia suena a sarcasmo tras más de veinte años de marear la perdiz, mientras la deuda crece a razón de unos cincuenta mil euros diarios que recaen sobre todos los benidormenses.

    No se trata, además, de un problema local. La magnitud del desaguisado trasciende los límites de la capital turística. La experiencia nos enseña que cuando Benidorm se resfría, el resto estornuda. Y con una deuda de estas dimensiones no hay espacio para el optimismo: tras encontrar una financiación viable, habrá que afrontar los pagos con sus intereses. En la administración pública solo hay dos maneras de hacerlo: recortando servicios o subiendo impuestos. Susto o muerte.

    En mayo de 2025 se celebró el aniversario de la Carta de Poblament, aquel documento fundacional que fijó derechos y obligaciones de los primeros pobladores. El almirante Bernat de Sarrià a quien el cronista Rafael Muntaner calificara como “lo pus llarg de cor cavaller ”, fue generosísimo en los primeros y cicatero en las segundas. Difícilmente habría podido imaginar que, setecientos años después, los verdaderos enemigos de Benidorm no llegarían de allende los mares , sino que estarían empadronados en la ciudad y, peor aún, al mando del timón.

    Pocas veces como ahora se hace tan evidente la importancia del concurso de la ciudadanía no tanto para acudir como rezaba en la Carta de Poblament con “exercitum et cavalcatam” sino para hablar cuando sea convocada en democracia, que algo bueno habrá de tener el transcurso de los siglos.

    Quizá, con un poco de suerte y sentido común , aún estemos a tiempo de evitar que Benidorm acabe despeñándose del todo por los magníficos acantilados de nuestra inigualable Serra Gelada.