miércoles, 29 de abril de 2026

VIENEN LOS HUNOS"


“VIENEN LOS HUNOS” 

(Diari Información de Alicante, 28 d abril 2026)


            Chesterton dijo en alguna ocasión que para destruir una civilización había que ser, al menos en parte, civilizado. Bastante lógico: resulta complicado cargársela a garrotazos —“no hay hunos sin caballos”, aclaraba—.

            Como nos dejó en 1937, cabe suponer que ya estaba al tanto de la capacidad de los ingenios industriales para triturar carne humana en la Primera Guerra Mundial (unos 20 millones de víctimas, arriba o abajo). El destino le ahorró contemplar las atrocidades de nuestra Guerra Civil y el entusiasmo con que la aviación fascista se empleó contra ciudades enteras: un siniestro ensayo general de la Segunda Guerra Mundial, que ya asomaba por la esquina. El colofón lo conocemos todos: Hiroshima y Nagasaki como primera manifestación tangible de un apocalipsis que, hasta entonces, solo era literario.

            Si Occidente ha disfrutado desde entonces de un relativo buen pasar tras semejantes hecatombes, se debe en buena medida a la arquitectura defensiva que se dio tras la Segunda Guerra Mundial, esa por la que Churchill no dejaba de clamar —“a European army under a unified command”— y que cristalizó, más o menos, en la OTAN. Su primer secretario general, Ismay Hastings, resumió su función con una elegancia difícil de mejorar: “mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo”.

            Pues bien, 77 años después, los rusos tienen un pie dentro, los estadounidenses otro fuera y Alemania incrementa su gasto militar mientras se resiste a que el resto de europeos haga lo propio mediante mecanismos comunes. Coherente con su trayectoria: cada vez que ha tocado tomar una decisión decisiva para el futuro del continente, ha optado con notable disciplina por la equivocada. No es extraño que Polonia no las tenga todas consigo, vista su historia… y las encuestas de Alternativa por Alemania.

            Puede que el mundo no esté al borde de una Tercera Guerra Mundial, como sostiene Andrea Rizzi, pero motivos para la inquietud no faltan. Ahí tenemos la liquidación en directo —y a golpe de tuit— de la democracia más antigua del mundo, junto con la irrupción de un capitalismo de nuevo cuño que nadie sabe muy bien cómo embridar y que considera las libertades democráticas poco más que una molestia. Por eso ha  puesto la proa  a Europa, donde todavía sobreviven dejándoles en evidencia. Tontos no son.

            En uno de sus últimos artículos en El País, Habermas —europeísta militante— confesaba su abatimiento ante el panorama que contemplaba al final de su vida: “Todo aquello a lo que he dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso. Una mayor integración europea nunca ha sido tan vital… ni tan improbable”.

            Porque lo cierto es que no hay nada como un momento de máxima tensión para comprobar la resistencia de las costuras, ya sean las de una chaqueta o las de los principios de una persona o una institución. Ahí está Anatomía de un instante, de Javier Cercas, con las distintas reacciones de los diputados ante el 23-F: un práctico test de estrés democrático.

            Los conflictos actuales —Ucrania, el genocidio del pueblo palestino, su extensión al Líbano al calor de la confrontación con Irán (sin olvidar Venezuela o el episodio de Groenlandia)— han sometido a una prueba similar a países, instituciones y líderes europeos. Y el resultado no ha sido especialmente brillante. Con la excepción de Pedro Sánchez , pocos han estado a la altura, aunque después corrigieran el tiro, arrastrando los pies y empujados por sus respectivas opiniones públicas y publicadas.

            En Sobre la tiraníaTimothy Snyder recuerda que ceder ante un matón siempre sale caro: uno renuncia a sus principios y deja que el otro defina lo aceptable. Y ya tenemos una idea bastante aproximada de lo que resulta aceptable para alguien como Trump.

            Tenemos el diagnóstico. Incluso contamos con ejemplos recientes —como Hungría— que permiten asomarse a ese futuro distópico que algunos parecen empeñados en normalizar. Y hasta conocemos la receta: coger el toro por los cuernos, atajar los problemas que alimentan a los ultras y, sobre todo, generar expectativas e ilusión.

            Lo que no tenemos es tiempo. Urge, más que nunca, un liderazgo claro de los demócratas europeos que devuelva cierta esperanza a unos ciudadanos cansados de pagar todas las crisis. Y, de paso, frene a la extrema derecha —no pactando con ella, como en España—. Porque con un Feijóo al que, con la que está cayendo, solo se le ocurre hablar del colchón de Pedro Sánchez, o una Ayuso premiando con entusiasmo a quien le faltó tiempo para regalarle el Premio Nobel de la Paz a un Nerón  2.0  que  está incendiando medio  mundo, hay poco o nada que hacer. ¡ Es todo tan, tan cutre!

viernes, 6 de febrero de 2026

"LA VIDA NO PUEDE SEGUIR IGUAL" ( Articulo publicado en el DIARIO INFORMACION DE ALICANTE el 31/01/2026)

 

  Benidorm destinará a gasto social y a dinamizar la economía gran parte ...

 

    Como diría aquella benidormense de pro, una fatídica conjunción astral ha hecho coincidir recientemente dos acontecimientos que empañan, en mayor o menor medida, la imagen de nuestro queridísimo Benidorm. Dos episodios distintos pero no distantes y reveladores en todo caso de una misma forma de proceder.

    El primero es el fallo del Tribunal Constitucional que dinamita el penúltimo intento del gobierno municipal y de su alcalde, Toni Pérez, de consumar lo que, sin demasiados rodeos, puede calificarse como un sinpa institucional. Hace décadas el Ayuntamiento se comprometió a compensar a la familia Puchades por unos terrenos en la Serra Gelada; desde entonces, lo único que han recibido han sido excusas propias de un mal pagador .

    El segundo episodio es un nuevo “caso Julio Iglesias”. Ya tuvimos uno anterior, con Eduardo Zaplana al frente de la Generalitat, que acabó en nada al agotarse los plazos de instrucción. Este último, aunque archivado por la Fiscalía, por la gravedad de las acusaciones, la abundancia de detalles y lo escabroso del relato, amenaza con haber dado la puntilla a la imagen del latin lover cuidadosamente cultivada desde aquel ya lejano Festival de la Canción de Benidorm de 1978, que ganara con su inolvidable “La vida sigue igual”.

    Solemos mirar con envidia a los países que disfrutan de prosperidad gracias a recursos naturales como el petróleo, sin reparar en que en España —y muy especialmente en Benidorm— hemos contado con una bendición comparable: el turismo de sol y playa. Ha sido este sector el que nos sacó de la miseria material y espiritual y el que, hasta hoy, nos ha dado de comer. Porque conviene no engañarse: si hoy tuviéramos que vivir exclusivamente de la agricultura o la pesca, estaríamos apañados.

    Benidorm marcó el camino desde el principio. Con un microclima privilegiado y una ubicación casi providencial, bien podrían aplicársele las palabras del evangelio de San Juan: “Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada”. Y, sin embargo, nunca ha dejado de ser una gran incomprendida. Mirada durante décadas por encima del hombro por aquellos a los que minutos antes había contribuido a enriquecer.

    El tiempo, no obstante, acaba poniendo a cada cual en su sitio. Hoy resulta que aquel urbanismo tan denostado no solo no era un disparate, sino que empieza a verse como más sostenible, incluso cool y su skyline se ha convertido en objeto de admiración artística y deja ojipláticos a propios y extraños.

    Por eso resulta especialmente meritorio el logro del actual alcalde: haber conseguido arruinar una mina de oro en plena producción y con un futuro prometedor como la reciente edición de FITUR ha puesto en evidencia. Su reiterada apelación a la prudencia suena a sarcasmo tras más de veinte años de marear la perdiz, mientras la deuda crece a razón de unos cincuenta mil euros diarios que recaen sobre todos los benidormenses.

    No se trata, además, de un problema local. La magnitud del desaguisado trasciende los límites de la capital turística. La experiencia nos enseña que cuando Benidorm se resfría, el resto estornuda. Y con una deuda de estas dimensiones no hay espacio para el optimismo: tras encontrar una financiación viable, habrá que afrontar los pagos con sus intereses. En la administración pública solo hay dos maneras de hacerlo: recortando servicios o subiendo impuestos. Susto o muerte.

    En mayo de 2025 se celebró el aniversario de la Carta de Poblament, aquel documento fundacional que fijó derechos y obligaciones de los primeros pobladores. El almirante Bernat de Sarrià a quien el cronista Rafael Muntaner calificara como “lo pus llarg de cor cavaller ”, fue generosísimo en los primeros y cicatero en las segundas. Difícilmente habría podido imaginar que, setecientos años después, los verdaderos enemigos de Benidorm no llegarían de allende los mares , sino que estarían empadronados en la ciudad y, peor aún, al mando del timón.

    Pocas veces como ahora se hace tan evidente la importancia del concurso de la ciudadanía no tanto para acudir como rezaba en la Carta de Poblament con “exercitum et cavalcatam” sino para hablar cuando sea convocada en democracia, que algo bueno habrá de tener el transcurso de los siglos.

    Quizá, con un poco de suerte y sentido común , aún estemos a tiempo de evitar que Benidorm acabe despeñándose del todo por los magníficos acantilados de nuestra inigualable Serra Gelada.